Cartas a la culpa

Nadie me ha visto tan triste como aquellos que se cruzan conmigo cuando camino sola. Mis ojos se pierden entre luces, formas, reflejos, destellos, sombras y mi mirada se suspende siempre en un vacío infinito. Caminar en soledad es para mí viajar al interior de mi cabeza, al interior del mundo entero, al interior de toda la nada. Un paso más, otro, otro, otro…

Es curioso ver como las grietas reanudan su marcha por mi piel de porcelana. Vuelven a anudarse los hilos de mi garganta, dejo que el silencio se me escape por los ojos y resbale por mis mejillas. De nuevo anida la oscuridad en mi costado, el peso del mundo entero me oprime el pecho. De algún modo consigo decirme: “Un minuto más, solo aguanta un minuto más sin desgarrarte el pecho, sin abrirte la piel a tiras” y pasa un minuto, y otro, y otro… y antes de  darme cuenta han pasado horas, días, semanas y meses. El dolor, la presión, las lágrimas, todo se ha desvanecido.

Todo sería diferente si fuese capaz de conservar todos los atardeceres que he visto intactos en mi mente. Si pudiese volver a ellos al cerrar los ojos. Pero no puedo. El sol se esconde, cae la noche. Vuelvo a ser yo contra mi almohada, contra mi blanca, naranja o amarilla habitación. Cuando llega ese silencio, yo contra la noche, ya no puedo engañarme más: Es todo mi culpa. No pierdas tu tiempo rompiéndote por mí, intentando arreglarme. Lo siento tanto, es todo mi gran, gran, gran culpa.

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Yo
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tampoco
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le
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encuentro
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sentido
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